| ¿Cómo que no puedo usar la tipografía
Frutiger? ¿Tiene que ser Verdana? ¿Tahoma? ¡¿Times
New Roman?! Ah, no… yo le mando una imagen y se acabó.
La primera experiencia realmente frustrante que recuerdo de mis
comienzos en el diseño para Internet fue una tarde en la
que estuve un par de horas decidiendo si el naranja debía
ser un naranja sutilmente más rojizo o levemente más
amarillo o unos puntos menos brillante. Estuve horas estudiando
cómo cada pequeña diferencia de matiz se traducía
en un cambio semántico o mejoraba la lectura del texto o
resolvía ese problema que el contraste simultáneo
estaba ocasionando en el amarillo de al lado. ¡Listo! ¡Es
este! Finalmente alcancé ese punto en el que nos convencemos
de que no podemos cambiar más nada; los diseñadores
sabemos qué estado de alivio se alcanza luego de deambular
la angustia y la incertidumbre de no dar en el clavo. Bueno, qué
poco me duró el alivio esa tarde: en el monitor de al lado
ese naranja que había logrado, era rojo.
Y porque uno quiere naranja y encuentra rojo, es que empieza a
odiar los medios digitales. Uno quiere renglones de 12 palabras,
pero el navegante achica la ventana y las líneas empiezan
a tener 10, 8, 5, ¡3 palabras!. Uno quiere los títulos
en Univers, pero el usuario solo dejó instalada en su PC
la Comic Sans y toda la página parece un mal anuncio de un
jardín de infantes. Uno quiere lograr impacto visual con
una animación flash espectacular, pero el usuario, que tiene
un módem del año 1993 y el plan “Tarifa Control”
de Telefónica, prefiere ver cine en el cine y se va de nuestro
sitio en cuanto alcanza a leer “cargand...”.
Es así que los diseñadores nos vamos volviendo unos
seres resentidos en la medida en que avanzamos en el diseño
de Internet. El papel nos trataba tan bien... No éramos solo
diseñadores: ¡éramos docentes y éramos
dictadores! Nosotros sabíamos mejor que cada persona de nuestro
público qué era lo que ellos necesitaban. Nosotros
les marcábamos la lectura correcta. Nosotros les indicábamos
la entrada y la salida. Nosotros definíamos lo que estaba
bien y lo que estaba mal, lo que tenía valor estético
y lo que no lo tenía, lo que era válido y lo que no
servía. Y nuestro público mansamente obedecía
y se sometía a nuestros mandatos y enseñanzas. ¡Esos
eran tiempos felices!
Hay un viejo concepto de la teoría de la comunicación
que plantea que es el receptor quien “termina” de construir
un mensaje. De acuerdo a esta idea, un mensaje – verbal, visual,
gestual – termina de construirse cuando alguien lo interpreta
y genera significado a partir del mismo. Pero en Internet esta idea
del receptor completando la construcción de un mensaje resulta
mucho más drástica: nuestro receptor construye (“destruye”,
dirán algunos) el mensaje alterando de hecho la naturaleza
del mismo. Cada usuario final, por convicción o porque no
sabe cómo hacer otra cosa, opta por una determinada resolución
de pantalla, una profundidad de color, un brillo, tiene instaladas
unas y no otras fuentes tipográficas, abre las ventanas de
su Explorer más grandes o más chicas, con más
o menos hileras de botones y herramientas, y todo esto modifica
el mensaje que con tanto esmero alguien compuso. Hacen lo que quieren
o lo que pueden, pero lo que está claro es que ya no atienden
los dictados de los diseñadores, cuyas voces parecen haberse
convertido en unos lejanos quejidos. Con un “clic” del
mouse, el pueblo se ha deshecho del tirano.
Pero, como en toda revolución que se precie de tal –
e Internet es claramente una revolución –, el tirano
se resiste a ser removido de su trono. Y así los diseñadores,
aun más resentidos, nos aferramos con uñas y dientes
a cada principio del diseño que tan bien conocemos y hacemos
lo posible y lo imposible por seguir controlando el mundo de lo
visual. Es entonces cuando convertimos todo lo que podemos en imágenes
aunque cada página tarde 45 minutos en bajar, hacemos menús
de navegación muy creativos donde el usuario tiene que estar
cinco minutos antes de saber por dónde se “abre”
y resolvemos “estructuras novedosas” aunque al visitante
se le acalambre la muñeca de hacer “scroll” y
necesite un plotter de 90 cm para imprimir una página. Cualquiera
podría pensar que se trata de una venganza.
¿Hay salida de este panorama? ¿El mágico mundo
de color de los diseñadores gráficos se habrá
divorciado para siempre de la realidad? Claro que hay salida. Y
la salida está en entender que este nuevo medio es portador
de una filosofía propia y que los “Principios del buen
diseño” tienen que reverse cuando tratan de aplicarse
a un esquema tan distinto.
Internet le ha dado el control a la gente. Un buen ejemplo de esto
es que el corto de vista puede leer el diario sin problemas ya que
puede elegir el tamaño de la letra. ¿No es esto fantástico?
Esta nueva posibilidad que tiene la gente de operar sobre la información
y la forma en que esta se le muestra, es parte de un proceso revolucionario
que no puede ni debe revertirse. Este es el cambio de filosofía:
la gente tiene más control sobre el medio y cada vez este
control será mayor. Los diseñadores no podemos ir
a contrapelo del sistema, remando contra la corriente, y continuar
intentando imponer nuestra perspectiva por sobre la perspectiva
de los demás. Es una tarea tonta, improductiva y frustrante.
Las mismas reglas constructivas con que logramos un buen diseño
editorial impreso, no nos llevan necesariamente a un buen diseño
en Internet. Intentar forzar el medio para aplicar los mismos criterios
es tener la actitud poco lúcida de quien no se da cuenta
de que el cuadradito no entra en la ranura triangular y golpea e
insiste hasta que rompe el juguete. Un buen diseño en Internet
es el que nos permite manejarnos mejor, el que nos da todas las
herramientas para que lleguemos más rápido a lo que
buscamos y el que menos nos entorpece la tarea de navegar.
Tenemos un nuevo rol, y es el de guiar a la gente en este camino
del control para un mayor y mejor aprovechamiento de la información.
Tenemos que pavimentar, iluminar y señalizar las autopistas
de la información. Tenemos que ayudar a abrir todas las puertas
y a construir todos los puentes. Sin embargo, a juzgar por lo que
uno encuentra navegando el ciberespacio, todavía son mayoría
los que no han entendido este cambio de filosofía. Lo reciente
del medio y la falta de escuela en esta área deben haber
ayudado a que tanto diseñador continúe cayendo en
los mismos errores. No obstante creo que la dirección ya
está claramente marcada en Internet y que los diseñadores
no tenemos más opciones que sumarnos a la construcción
de esta carretera o morir aplastados por su tránsito.
Martín Gorricho
Diseñador Gráfico
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